¿Por qué te sentís culpable cuando empezás a poner límites?

Decís que no.

Y enseguida aparece una sensación incómoda.

“Capaz fui demasiado dura.”

“Tal vez debería haber dicho que sí.”

“¿Y si se enoja?”

“¿Y si piensa que soy egoísta?”

Entonces empezás a explicar de más, a justificarte o incluso a arrepentirte de un límite que, en el fondo, sabías que necesitabas.

Poner límites puede parecer sencillo desde afuera.

Pero para muchas personas es profundamente incómodo.

La culpa no siempre significa que hiciste algo malo

Estamos acostumbradas a pensar que, si sentimos culpa, debe ser porque actuamos mal.

Pero no necesariamente.

A veces la culpa aparece simplemente porque hiciste algo diferente a lo que acostumbrabas.

Si durante años dijiste que sí a todo, empezar a decir que no puede sentirse extraño.

Si siempre estuviste disponible para los demás, empezar a proteger tu tiempo puede incomodarte.

Y si aprendiste que querer significa sacrificarte, cuidarte puede parecer egoísta incluso cuando no lo es.

¿Dónde aprendimos que poner límites está mal?

Muchas de nuestras dificultades para poner límites no comenzaron en la adultez.

Quizá crecimos escuchando:

“Tenés que ayudar.”

“No seas egoísta.”

“No hagas enojar a nadie.”

“Primero están los demás.”

“Vos podés con todo.”

Aprendimos a ser buenas hijas, buenas madres, buenas parejas, buenas amigas o buenas trabajadoras.

Pero pocas veces alguien nos enseñó que también era válido decir:

“Esto no puedo.”

“Esto no quiero.”

“Esto no me hace bien.”

Un límite no es un castigo

Poner límites no significa controlar a otras personas.

Tampoco significa alejarnos de todo el mundo.

Un límite expresa qué estamos dispuestas a aceptar y qué necesitamos para cuidarnos.

Puede sonar así:

“Hoy no puedo ayudarte.”

“No quiero que me hables de esa manera.”

“Necesito pensarlo antes de responder.”

“Prefiero no hablar de este tema.”

“Esta vez no voy a hacerlo.”

No hace falta gritar.

No hace falta atacar.

Y tampoco hace falta presentar una defensa de veinte minutos.

Cuando decís sí queriendo decir no

Cada vez que aceptamos algo solamente por miedo a decepcionar, podemos terminar acumulando cansancio y resentimiento.

Decimos sí.

Pero después nos sentimos molestas.

Agotadas.

Utilizadas.

O frustradas porque sentimos que los demás siempre esperan algo de nosotras.

Sin embargo, muchas veces nunca les mostramos dónde estaba nuestro límite.

Las personas no siempre pueden saber lo que necesitamos si nosotros nunca lo expresamos.

También existe el miedo a perder a alguien

A veces detrás de la dificultad para poner límites existe una preocupación más profunda:

“Si dejo de hacer todo esto, ¿me van a seguir queriendo?”

Y esa pregunta puede doler.

Pero una relación que solamente funciona cuando vos cedés permanentemente merece ser observada.

El afecto saludable necesita espacio para dos personas.

No solamente para las necesidades de una.

No necesitás justificar cada decisión

Cuando estamos empezando a poner límites solemos dar demasiadas explicaciones.

“Perdón, es que…”

“Lo que pasa es que…”

“Espero que no te moleste…”

Explicar algo puede ser amable.

Pero justificar constantemente nuestra necesidad de descansar, alejarnos o decir que no puede hacernos sentir que necesitamos permiso para cuidarnos.

A veces una respuesta suficiente es:

“Hoy no puedo.”

Y punto.

Un pequeño ejercicio

Pensá en una situación reciente en la que dijiste , aunque realmente querías decir no.

Ahora preguntate:

¿Qué tenía miedo de que ocurriera si decía que no?

¿Que alguien se enojara?

¿Que me rechazara?

¿Que pensara mal de mí?

¿Que dejara de necesitarme?

Después escribí una respuesta que hubiera respetado tanto a la otra persona como a vos.

Por ejemplo:

“Entiendo que lo necesitás, pero esta vez no puedo ayudarte.”

No necesitás utilizarla inmediatamente.

Primero estamos aprendiendo a reconocer nuestra propia voz.

Puede haber incomodidad al principio

Cuando empezás a poner límites, probablemente no todo se sienta maravilloso.

Puede aparecer culpa.

Dudas.

Ansiedad.

Incluso personas sorprendidas porque ya no reaccionás como antes.

Eso no significa automáticamente que estés haciendo algo incorrecto.

A veces simplemente significa que estás cambiando una dinámica que llevaba mucho tiempo funcionando de una sola manera.

Los límites también protegen los vínculos

Los límites no están diseñados para destruir relaciones.

Muchas veces ayudan a evitar que el cansancio y el resentimiento las destruyan.

Cuando podemos expresar lo que necesitamos con claridad, existe mayor posibilidad de relacionarnos desde la elección.

No desde la obligación.

En Escuela RENACE creemos que aprender a poner límites también es aprender a respetarnos.

Porque cuidarte no significa dejar de amar a los demás.

Significa recordar que vos también sos una de las personas que necesitan tu cuidado.


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Dormís, pero seguís cansada: tal vez no sea falta de sueño.